miércoles, mayo 22, 2024
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Rafael Escalona, perpetuó en sus cantos la cotidianidad de su pueblo

Rafael Calixto Escalona Martínez, el más grande cultor del folclor vallenato, escribió la página más hermosa de la historia del hombre Caribe, desde muy joven, cuando su nombre comenzó a conocerse de aldea en aldea y sus cantos comenzaron a cabalgar por el mundo de la fama y de la inmortalidad. Desde entonces, los cantos de Rafael Escalona se convirtieron en esa madeja que unió a los pueblos del antiguo Magdalena Grande, integrado por La Guajira y la llamada Provincia de Padilla, que no era otra cosa que el gran País vallenato donde cabían los pueblos del sur de La Guajira y el Cesar; representado en Valledupar y poblaciones aledañas.

A mi entender, lo primero y más grande que hizo Rafael Escalona por la música vallenata, fue sacarla de los patios de las viejas casonas de La Provincia y llevarla al Club Valledupar, donde los cantos vallenatos eran mirados como poca cosa. Allí únicamente se escuchaba música clásica. A partir de ese momento no sólo los campesinos de la región cantaron y bailaron vallenatos, sino también los letrados comenzaron a no sentir vergüenza de bailar en público y entonar a todo pulmón un buen vallenato. Después, el muchacho siguió con su osadía de agarrar cualquier suceso que acontecía en la región para convertirlo en canción. Escalona no respetó a nadie ni mucho menos circunstancia alguna para cantar el cuento, porque ya el mismo había establecido como regla, que los sucesos cotidianos del viejo Valle no se contaban, sino que se cantaban.

De esa forma, las melodías de Escalona con sus historias se fueron regando como el bostezo de boca en boca, hasta mucho más allá de Bocas de Cenizas en el Caribe Colombiano, donde Gabriel García Márquez se enteró de ese poco de ‘bochinches’ que acontecían allá por Valledupar, sintetizados en los cantos de Rafael Escalona. Mientras tanto, las mismas historias también viajaban hasta el altiplano llevadas por Hernando Molina, el hijo de uno de los principales personajes ‘La Patillalera’, uno de sus cantos. El doctor Molina, el Magistrado, el mismo que no cambiaba su chinchorro, ni por la silla del gobernador. Hernandito el hijo, con mucho orgullo y emoción, se encargó de contarle a sus compañeros de estudios, gente prestante de Bogotá, sobre su primo Escalona. También le cantaba las canciones y le hablaba de los personajes. Fue así como a Valledupar llegaban en vacaciones todos esos estudiantes bogotanos a conocer a Escalona, a parrandear con él y a emborracharse con sus canciones.

Esos mismos visitantes, se tomaban el trabajo de hacer el recorrido desde Valledupar hasta La Guajira arriba, donde nació el contrabando, para terminar en Santa Marta y conocer el Liceo Celedón, ese lugar emblemático que inspiró las más hermosas melodías a Rafa y que logró ser recuperado, luego de casi caerse del todo a pedazos. De esa forma, su fama se extendió por toda Colombia, siendo invitado a cuanta fiesta folclórica era celebrada en el territorio nacional. Ya para entonces, tenía la compañía de Nicolás ‘Colacho’ Mendoza; que fue su chofer, administrador de finca, gerente del comisariato, acordeonero y hasta alcahueta de sus amoríos.

El inconveniente ahí, era, que ya la gente no andaba muy gustosa de que sus problemas amorosos, sucesos, peleas maritales, deudas con banco, líos de faldas y complicaciones familiares en general, lo supiera Rafael Escalona. Eso les causaba pánico ya que nadie quería ser el protagonista de uno de sus cantos. Lo mismo le ocurrió al militar retirado del libro ‘El Coronel no tiene quien le escriba’, de Gabo, quien se negó rotundamente a los ruegos de su mujer de que saliera al vender el viejo reloj de pared para poder subsistir; exclamando, que no iba a salir con eso en su espalda, y justificando su negativa con esta frase: “para que Escalona me haga un canto”.
Eso fue Escalona, quien con un escaso quinto de Bachillerato, conoció el mundo de las figuras literarias, lo que le permitió pintar su propio universo y meter en ese mundo a gente de todos los estratos y engrandecerlos con su canto. Ejemplo de eso fue Juana Arias, Sabita, Miguel Canales, Tite socarras, Urbanito Castro, el cura de la Custodia de Badillo, Benavides el de las arrugas, y muchos otros personajes que aunque hoy no existen, fueron inmortalizados en la poesía de ‘Rafa’ Escalona.

Por eso puedo afirmar que Escalona, fue un cronista de la cotidianidad, contando las mejores crónicas y reportajes de una provincia olvidada, donde esos mismos personajes, pese a su sencillez, hoy son grandes, gracias a sus cantos. Escalona pintó la vida a su manera y descubrió la fórmula mágica para que nadie lo olvidara jamás, luego de su viaje a la eternidad.

¡Y vaya que lo logró! Porque no es fácil sostener una casa en el aire en el tiempo de una vida y Escalona lo hizo. Tampoco es fácil convertir un diablo en tren y Escalona lo logró. Y es menos fácil, mitificar una región a través de versos, cantos y poesía y eso a él tampoco le quedó pequeño; creando una escuela que hoy siguen muchos de esos poetas, en quienes se perpetúa su legado. Y lo más importante, logró la proeza de volverse inmortal desde su misma vida. Inmortalidad que hoy se evidencia luego de quince años de ausencia; ausencia que duele mucha más allá del alma, mucho más allá del infinito amor.

tarynescalona@gmail.com
@tarynescalona

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