El valor de la palabra
“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.”
Mateo 12 36-37
“Lo prometido es deuda”, fue una frase inculcada siempre por mi abuela Genoveva Rojas durante mi adolescencia, la cual internalicé y forjó mi carácter. Cumplir a cabalidad con lo que me comprometo ha sido siempre mi carta de presentación en todas las áreas de mi vida. Por ello, antes de comprometerme con algo siempre pondero las posibilidades de cumplir el compromiso adquirido, como un gesto de respeto hacia el otro. En mi escrito de la semana anterior (El poder de las palabras) anuncié sobre este nuevo escrito, centrándome en las siguientes definiciones de la RAE:
- “5. f. Empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma.
- 6. f. Promesa u oferta.”
Y tú, ¿siempre cumples con lo que te comprometes?, ¿qué tanto incumples tu palabra?, ¿das tu palabra sólo para salir del paso? Te comparto este mensaje de FaceBook, una profunda reflexión alineada con mi talante.

¿Has escuchado este dicho?: “Más mentiroso que un político en campaña”, es una hipérbole popular que se usa en el lenguaje cotidiano para describir a una persona que dice muchas mentiras, que engaña con facilidad o que hace promesas que no piensa cumplir. Pero el refrán no se limita sólo a quienes se ocupan de la actividad política, es propio de personas que enlodan su reputación por no respetar lo que dice e incumple lo que promete. La gente que actúa de esta forma se gana una desconfianza social generalizada hacia las promesas que hacen, y por ello despóticamente se les consideran “Más falso que una moneda de cuero”.
En mi escrito El valor de la amistad, esbozaba que vivimos en una sociedad fetichista en donde la mayoría de la gente se motiva por posesiones y por posiciones, priorizando sus decisiones y acciones hacia acumular riqueza material y lograr cargos de poder, aferrándose frívolamente a la codicia y la avaricia o a la fama, al figuramiento, al reconocimiento y la venia, respectivamente. Muchos no han comprendido que el dinero es energía, muchos son conscientes de que las monedas o lo material van y vienen, al igual que los cargos o títulos; pero, una promesa sostenida con acciones construye confianza y lealtad perdurables. Cumplir lo que se promete es un reflejo directo del carácter y la dignidad personal. Una persona integra respalda sus dichos con hechos, incluso cuando hacerlo resulta difícil o costoso.
Es una desventura hacer del cinismo un estilo de vida. Es menester recuperar la sinceridad y la nobleza, y en consecuencia hablar con franqueza y veracidad. Tengamos presente lo escrito por Braulio Pérez Marcio, en su libro Cartas a mi hijo. Vislumbres de esperanza, que, en la carta décima titulada La integridad, factor del éxito, le expresa a su hijo: “Comprende que la integridad no es algo que se adquiere de la noche a la mañana. Es el resultado de un ejercicio constante que hace de la vida algo tan luminoso, que no tememos exponerla ante los demás.”

Marcio Pérez advierte a su hijo: “Quien pierde su integridad y su honradez lo pierde todo.” E inmediatamente le narra la siguiente hipérbole: “Se dice que cierto día salieron a pasear juntas la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Integridad. Mientras marchaban dijo la ciencia:
— Amigas mías, pudiera darse el caso de que nos separáramos las unas de las otras y sería bueno determinar un lugar donde podríamos encontrarnos de nuevo. A mí, podréis encontrarme en la biblioteca de aquel sabio Dr. X, a quien, como sabéis, siempre acompaño.
—En cuanto a mí, — expresó la Fortuna —me hallan en la casa del millonario cuyo palacio está en el centro de la ciudad.
La Resignación por su parte dijo: —A mí podrán encontrarme en la pobre y triste choza de aquel buen viejecillo a quien con tanta frecuencia veo y que tanto ha sufrido en la vida.
Como la Integridad permaneció callada, sus compañeras le preguntaron: —Y a ti, ¿dónde te encontraremos?
La Integridad, bajando tristemente la cabeza, respondió: —A mí, quien una vez me ha perdido jamás vuelve a encontrarme.”
Hoy sigue siendo tan urgente lo plasmado por Ellen G. de White en su libro La Educación (1903): “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia, aunque se desplomen los cielos.” El valor de la palabra, tal como lo expresa la publicación de FaceBook arriba compartida, “No se mide en monedas ni en favores, sino en el peso del compromiso y la fuerza del carácter.”
Urge retomar la palabra como “un código de honor no escrito”, tenemos un referente (en mi caso cotidiano) en la cultura wayuu, etnia para quienes la palabra es un valor sagrado, inestimable y equivalente a un documento escrito o legal que garantiza el honor, la verdad y la paz. Para estos indígenas la palabra empeñada tiene un peso absoluto; no cumplirla debilita la identidad, la dignidad y el prestigio del individuo dentro de su clan. Los wayuu “se mueren en la raya, no por orgullo, sino porque saben que su palabra es lo único que realmente les pertenece”.
Cuándo te ves al espejo, ¿observas a una persona digna? ¿Te sientes orgulloso/a de lo que eres? Por ello, Braulio Pérez Marcio, en la carta novena: El sentido de la honradez, advertía a su hijo: “Una de las responsabilidades de tu honradez que debes cuidar celosamente, es la que se relaciona con tus palabras. Que siempre sean honradas e integra. Ya sabes que a veces las palabras pueden hacer más mal que el peor de los actos. Alguien ha dicho: «Pongo el mismo cuidado en no decirle a una mujer o un hombre una mala palabra que el que pondría en no darles una moneda falsa.»”
Aun puedes cambiar, aun puedes empezar de nuevo, te invito a leer mi escrito Cada día es un Nuevo Comienzo (Diario El País Vallenato, 17 de noviembre de 2025). No permitas que tus palabras sean llevadas por el viento; recupera tu dignidad, elévate como un rey. No olvides el proverbio oriental que dice: “Los hombres tienen una ventaja sobres los animales: la palabra. Pero si las palabras no son discretas, es preferible el animal al hombre.”
Cada mañana tienes dos opciones: seguir creyendo que la vida es de los avispados y no respetar lo que dices considerando que los demás son bobos, o hacer algo para cambiarlo. La gente no es boba, le puedes engañar una, dos o tres veces, pero después no. Recuerda lo expresado en Romano 12:29: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.” Y si otros, a pesar del engaño, mantienen una relación contigo, pregúntate: ¿Quién es el bobo? El momento de cambiar es ahora, Despierta ESE ALGO que está dentro de ti, para recuperar tu dignidad y liberar tu alma.
Dando valor a la palabra ponemos de manifiesto un compromiso poderoso consigo mismo, con los demás y con Dios, que transforma nuestro entorno a través de la honestidad, la empatía y la responsabilidad. Cuando honramos lo que decimos, tejemos redes de confianza que fortalecen a la sociedad en su conjunto y, de esta manera, contribuimos con la construcción de un mundo mejor.
Por: Carlos Rafael Melo Freyle
