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Opinión

El Poder de las Palabras

“La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.”
Proverbios 18:21

La RAE nos proporciona las siguientes definiciones para el término palabra:

  • “1. f. Unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura.
  • 2. f. Representación gráfica de la palabra hablada.
  • 3. f. Facultad de hablar.
  • 4. f. Aptitud oratoria.
  • 5. f. Empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma.
  • 6. f. Promesa u oferta.”
  • 7. f. Derecho, turno para hablar en las asambleas políticas y otras corporaciones.”

Con base a estas acepciones del vocablo palabra se pueden abordar múltiples escritos dependiendo del enfoque y del mensaje que se quiera compartir, desde lo lingüístico y literario hasta expandirse con la oratoria y los procedimientos parlamentarios. Las designaciones 5 y 6 las retomaré en mi próximo escrito: El valor de la palabra, toda vez que el propósito de esta reflexión se centra en el poder de las palabras.

“Las palabras son herramientas, las más poderosas creadas por el hombre”, es una reflexión profunda para interiorizar y aplicar sabiamente. Aunque la cita exacta a menudo se atribuye o asocia con las ideas del famoso diseñador, futurista y filósofo R. Buckminster Fuller, quien veía el lenguaje de una manera muy particular: como una tecnología de ordenamiento y la primera gran herramienta de comunicación estructurada de la humanidad. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica las palabras no son sólo herramienta de comunicación, y nos enseña que pueden sembrar de vida el corazón de alguien o llenarlo de dolor y vacío, tal como se precisa en el epígrafe.

A menudo subestimamos el poder de nuestras palabras, especialmente en momentos clave, interactuando como padres, esposo/a o hijos; de partiendo con amigos y familiares; en actividades laborales; en diálogos interno; o hablando con Dios. Es un hecho que las palabras son parte indispensables de nuestra vida, pero su poder es mucho mayor de lo que imaginamos. Si, nuestras palabras tienen un enorme impacto para nuestra vida como para quienes nos rodean; pueden dar vida y esperanza o pueden hundirnos en la desesperanza o postrar a una persona en la desilusión.

A la mayoría de la gente le gustaría mantener buenas relaciones con los demás y, por ello, atraídos por la ética de la personalidad se preocupan por utilizar recetas de comportamientos sociales, que temporalmente dan resultados, pero que al largo plazo son ineficaces, toda vez que se soportan en estrategias de manipulación y supremacía del poder. Sin embargo, desconocen cómo impactan profundamente las palabras y, en consecuencia, menosprecian la ética del carácter, que se desarrolla mediante hábitos de efectividad que al largo plazo fortalece la espiritualidad.

Es menester entender que no se trata de un estilo de personalidad, sino de la condición espiritual del corazón, tal como lo expresó Jesús a los fariseos y maestros de la ley en Mateo 12:34: «¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca».

En la actualidad, era de la comunicación, donde las redes sociales se han convertido en una extensión de nuestra voz, las palabras ya no se limitan a nuestra oralidad o escritura, hoy hasta un emoji expresa nuestra emoción y postura de las circunstancias y tiene el poder de generar satisfacciones o turbaciones a quienes lo ven. Por tanto, hablar con gracia, es decir, de manera constructiva, no es solo una disciplina personal, es también una forma de impactar al mundo. Tengamos presente que en todo momento: en el hogar, con los amigos, en el trabajo o en eventos casuales, se ponen a prueba nuestro carácter y nuestras verdaderas actitudes salen a la luz.

Quienes en las pequeñas cosas no son cuidadosos en la elección de sus palabras, mucho menos mantendrán el dominio propio ante una felonía o infidelidad. Es menester aprender a ser prudentes y comedidos en todo instante (ser proactivos, como lo explica Stephen Covey) toda vez que nos ayuda a evitar daños innecesarios, pero ante todo nos da calma y sabiduría.

Una frase puede ser un punto de inflexión en la vida de alguien, para bien o para mal. Consideremos las siguientes casuísticas:

  • Andrés, un estudiante de práctica empresarial, quien le daba miedo hablar en público tenía que sustentar una propuesta. Su voz temblaba, pero como pudo sorteó la situación. El ambiente se sentía hostil, y mientras los demás miembros del comité salieron en silencio, el gerente del proyecto, antes de que Andrés saliera del recinto, le dijo: -Andrés, sé que estabas nervioso, pero me gustó tu propuesta. Fue tu primera exposición. Seguramente la próxima vez lo harás con mayor confianza. – Estas simples palabras de aliento fueron suficiente para que Andrés se convirtiese en un profesional excelso.
  • Julián, de 8 años, realizaba una tarea en casa. El trabajo logrado, adecuado para su edad, no generó satisfacción para su docente, quien le dijo: -Julián, esto no sirve para nada. Eres un inútil. De hacer todo así, serás un fracasado. – Estas palabras de humillación hicieron llorar a Julián, y al llegar a casa les dijo a sus papás con lágrimas en los ojos: -Mamá, papá, no voy a volver al colegio. Yo no sirvo para nada. –

Como se puede deducir de estas historias, es de suma importancia aprender a edificar a otros con palabras de ánimo en vez de derribarlos con críticas o menosprecio. Es más gratificante dar esperanza y confianza a otros, antes que criticar y humillar. Las buenas relaciones se cimentan con frases positivas que alimentan la fe y la confianza. Toda persona debe hablar con sabiduría y saber callar cuando sea necesario, evitando que palabras necias destruyan la autoestima o aumenten el conflicto o el estrés.

Sin embargo, vivimos en una sociedad vapuleada por conflictos, reflejo de muchos hogares que se disuelven, de hermanos que se distancian, de amigos que se separan, de relaciones laborales tóxicas y de la intolerancia ciudadana, cuya génesis son problemas suscitados por una palabra cruel, un comentario sarcástico o un reproche cargado de ira, que, en algunos casos, trascienden a golpes físicos y, en otras ocasiones, cegar la vida de otra persona.

Recientemente fui difamado mediante un boletín de prensa emitido por la entidad donde laboraba. Con alevosía el vocero regional ratificó la noticia culpándome por desconocer la orden de contratar a personas de otra dependencia ajena a mis competencias funcionales. Mi familia y amigos se preocuparon por la infamia. Algunos directores de lo programas radiales me llamaron al celular para conocer mi postura, pero me abstuve de contestar. Guardé silencio, dejando a un lado la impulsividad en pro de salvaguardar mi reputación. En mi corazón sabía que la noticia era una patraña propiciada por un director general sórdido, díscolo y soberbio, airado por los fallos previos del sistema de justicia ordenando la protección de mis derechos laborales.

Opté por el silencio porque es una elección activa, una reafirmación de la dignidad propia y una expresión de confianza en Dios. En momentos de injurias es menester actuar como lo hizo Jesús en el relato de Mateo 24:12: “Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.” ¿Para qué quejarse y pelear contra el mundo, cuando se debe hacer lo correcto? Y lo sensato en el momento era presentar un segundo incidente de desacato, el cual tuvo un fallo favorable y clarificó el buen proceder de mis actuaciones administrativas.

Ante provocaciones por palabras airadas de otros es menester ser proactivos, tener ese grado de libertad para evitar reaccionar de manera impulsiva ante un estímulo dañino a fin de proteger nuestra dignidad humana mostrando autocontrol y madurez, y, de esta manera, cambiar el tono de la interacción para desarmar el conflicto antes de que crezca. Estas tres técnicas para manejar mis palabras me ha sido siempre de mucha utilidad:

  1. Respirar profundamente (contar hasta 10) antes de responder: Esto le da tiempo al cerebro racional para frenar una reacción impulsiva; ayuda a bajar el ritmo cardíaco y relajar el cuerpo de manera inmediata; y funciona como una pausa corta que nos aparta momentáneamente del estímulo que causó la ira.
  2. Orar en silencio: Esta breve oración: -Señor dame clama – puede cambiar el curso de la conversación.
  3. Retirarse unos minutos: Alejarse no es cobardía, es calmar las emociones que surgen del corazón para sentir paz antes de retomar la conversación. Recordemos este Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”

Trascender en nuestra espiritualidad es el camino que recorremos al despertar ESE ALGO, lo que nos permite utilizar palabras sabias para contribuir con la construcción de un mundo mejor.

Por: Carlos Rafael Melo Freyle

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