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El funeral de Kajuma, una auténtica obra de arte

Algunos de sus colegas trazaron coloridas pinceladas encima de su ataúd, una obra que tuvo una exposición tan efímera, como la vida.

A Kajuma lo recuerdo desde que tengo uso de razón. Un personaje fuera de lo común, que se mostraba como era y que siempre decía lo que pensaba de las personas, pero de manera particular, con mucha imaginación, que siempre se burlaba de la vida con una carcajada especial y que se presentaba sin previo aviso a la casa de sus amigos, cuando menos lo esperaban, a cualquier hora del día o de la noche, con algún detalle.

El mundo cultural de Valledupar y el Cesar sabe quién era, un bohemio soñador que siempre hizo lo que le dio la gana, que perfeccionó su arte fuera de Colombia y regresó para vivir de manera auténtica en una tierra donde el qué dirán es el pan de cada día.

Con su partida, algunos se habrán librado de ese pintor loco que les pintó la cara con verdades y que hizo de la irreverencia su eterna compañera, pero muchos saben que su nombre está pincelado en el lienzo infinito de la eternidad, en ese mundo donde solo los artistas, los que se atreven, pueden dibujar la felicidad.

La alegría que pintó siempre en ese mundo multicolor, lo acompañó hasta su último día cuando una vez más celebró la vida, bailó, gozó, se embriagó hasta amanecer y pedirle a un grupo musical que le pusiera una serenata en su casa-taller donde la soledad fue su cómplice. Horas más tarde, lo despertarían las campanas de la muerte para anunciarle que un ataque al corazón acabaría con su existencia terrenal. Allí quedó tendido, cerca de su cama, donde su ciclo vital llegó al fin.

Todos los días hablaba por teléfono con su gran amor, su hija Liz, quien vive fuera del país y heredó el talento de la plástica. A ella le contó hace poco cómo quería que fuera su funeral si él moría primero. Ella le dijo que le gustaría cremarlo y plasmar sus cenizas en un lienzo. Pero esta vez, Kajuma no complació a su hija, le dijo que no quería que lo cremaran, que mejor rociaran una botella de Whisky sobre su cadáver y que sus amigos celebraran su muerte. Así fue. En la Casa de la Cultura de Valledupar, donde expuso muchas veces sus cuadros, especialmente en épocas de Festival Vallenato, estuvo su cuerpo en cámara ardiente y en vez de rezos y sollozos, el canto, la poesía, la pintura y hasta el licor, se hicieron presentes. Fueron pocos, los que tenían que estar, sus amigos entrañables y algunos de sus colegas que trazaron coloridas pinceladas encima de su ataúd, una verdadera obra de arte que tuvo una exposición tan efímera como la vida. Descansa en paz amigo, Carlos Julio Márquez, tu obra sigue trascendiendo porque fuiste único y original.

Por Alba Quintero Almenárez

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