martes, junio 18, 2024
Opinión

Con la nostalgia en ‘modo avión’

Por: Augusto Aponte Sierra

El sol no se hizo esperar.

Él también se levantó muy temprano para acompañarme en un nuevo despertar.

Los románticos tenemos la rutina de abrir el ventanal de los ojos con la voz del sentimiento. La música ya es costumbre en el pocillo de mi café. Así le pongo el sabor que identifica el aroma del día y sus afanes.
El primer sorbo en mi tinto de olla, me habló de cafeína y abstinencia por ese canto vallenato que en su aroma tiene poesía campestre y melodía montañera.

Con el segundo sorbo sentí la voz del cuento que se quedó atorado y sin moraleja, en el tintero de una pluma que sufre con el irreverente pentagrama del nuevo canto vallenato.

Mi relato se encausó en la jornada de un sábado atropellado por el cansancio laboral. Entonces intenté ‘embohemizar’ la noche con la deliciosa compañía de Celia. Yo supe de su sabor cuando bebí la esencia de su cuerpo. Sabía a «Cabernet saguigñon Pionner» madurado en barricas de roble allá en el Cuyo argentino. La presencia de frutos rojos y pimientos secos, hizo pareja con la melodía y versos de un paseo, criado en la bohemia criolla de las sabanas patillaleras.

Era la melodía de un vino tinto bailando con una canción de Fredy Molina, llamada «A nadie le cuentes». Celia fue la etiqueta del Cabernet que perdió el duelo con el sueño, que, flequeteando en mis ojos, hizo trizas las ganas de beber recuerdos, en esa noche de nostalgia vallenata.

Saboreando la borra de un tibio café, volví a la realidad de un nuevo día en la fresca y silenciosa mañana de aquel domingo de agosto. Llegué al desayuno pensando que la narrativa de la música vallenata, está volando.
Hoy una declaración de amor con la promesa de su eternidad, llega en el vuelo de la tecnología, cantando en «modo avión». Eso dijo Elder Dayan Diaz en su última producción musical. En esa búsqueda del éxito comercial, el estilo que hoy progresa en la música vallenata está en la narrativa urbana y citadina, de un nuevo canto que fusiona ritmos y mensajes.

Entonces con la duda inconforme de una parranda mocha, en la que mis gustos musicales estaban enfrentados al nuevo mensaje de los cantos modernos, busqué revancha en el refugio maternal de la nostalgia vallenata, que para mí, es el barrio Cañahuate.

El mejor lugar en donde encuentro amistad, sabiduría musical y filantropía en las bondades de un whisky escocés, está en la casa de la «Mona del Cañahuate», en donde reina el amor de su hijo Clemente Pachín Escalona y de su esposa Elsy. Yo llegué como siempre, con la invitación implícita en el alma, con el abrazo de una hermandad probada en todos los tiempos, y con la reflexión cultivada en un cabernet argentino. Pachín salió a saludarme como un galán en decadencia: más viejo, en pijamas y con dolencias en sus 61 años de pernicia. Sin rodeos le hable de mis ganas de saludarlo y de escuchar su opinión acerca del difícil sincretismo que enfrenta la cultura vallenata tradicional, con el nuevo formato del vallenato digital y citadino.

Pachín es hijo del maestro Rafael Calixto Escalona Martínez, y de un pedacito de mi infancia vivida «allá por el Cañahuate».

Él vivió en la vida y obra musical de su papá Rafael, quien fue la cara del vallenato que viajaba en burros y Chevrolitos. Hoy Pachín habita en su propia obra, con el vallenato tradicional y el nuevo género de música vallenata, esa que también vuela en las comodidades de un moderno festival que ya es leyenda. Él sabe del ayer y del hoy, en esta poesía de vida llamada música vallenata.
En la voz de Pachín no hay prosa ni poesía, pero hay verdad y conocimiento en las raíces que hacen el comercio de la música de Chipuco.

Cuando comenzó la tertulia, en mis espaldas, un acordeonero con apariencia cachaca, en su obesidad me susurraba el pedigrí de su estampa. Era de la manada en óleo del pintor antioqueño Fernando Botero. Yo había pensado que era un retrato de nuestro amigo Jorge Malo o de Noe Martínez, por el empaque de su semblante. Pero su corpulencia y la forma de agarrar el acordeón, lo delató.
Mientras tanto, yo seguía escuchando el verbo de Clemente entre whisky y Whisky, para calentar mi bohemia. Las palabras de Pachín eran la voz del Cocha Molina, quien «en línea», también parrandeó con nosotros en aquella tarde con aroma a Magolina, Luis Carlos Castilla y a Petra Arias.

Así comprobé que el destino de mis gustos musicales, siempre me persigue como la «Sombra de Diomedes». Porque llegué buscando noticias del vallenato en «Modo avión» y Clemente Pachín me aterrizó en una tarde en «Modo Molina y Patillal». Le pedí a mi entrañable amigo el uso de la tecnología para que sonara el paseo del poeta cantor Fredy Molina…» A nadie le cuentes». Le señalé que las razones de mis deseos por escuchar esa canción eran para recordar en gavilla aquellos momentos vividos, en el traspatio de la mejor época del vallenato tradicional.

Mi paladar escuchó en su magia, la obra del cantor patillalero en ritmo de paseo, aquel mensaje pasional y reflexivo, cuando se parrandeaba en aquellos tiempos de poetas y tragedias provincianas. Cuando los poetas nacían de un verso, y se morían en una canción. Cuando sus mensajes eran confesiones sin pecados. Cuando sus cantos eran un secreto sin secreto. El universo se enteraba de las pasiones más íntimas de los poetas tímidos. Las promesas de morir por amor, eran eutanasia y misericordia en el sufrimiento de un amor no correspondido. El compartía mis palabras en un silencio verbal, pero la voz de sus ojos eran nostalgia pura. Almorzamos con el cariño de Elsy en una opípara bandeja poblada con frutos del mar.

Así pasaron las horas, avisando que la noche llegaba oscura amagando con resaca y guayabo corroncho. Entonces me envalentoné para despedirme, le di un abrazo a Pachín y otro a mi nostalgia. Luego en la sinceridad de mi alcoba, dormido soñé despierto y llegué a mi sueño «volando» en un temple entreverado. Entre sueños escuché atrincherado en la oscuridad del barrio, unos versos que cantaba Diomedes Diaz, mientras el Cocha Molina, con sus dedos liberaba las notas de su magistral acordeón, para guiar mis pasos musicales. Terminé dormido en la irrealidad de una llovizna a orillas del Río Badillo. Allí, en el silencio de mi melancolía, sentado en un peñón mojado, entre sus aguas, vi un verso de Fredy Molina que me decía:
«Cuanto deseo, de que perdure mi vida.

Que se repitan, felices tiempos vividos».

Entonces, más despierto que alucinante, sentí para comprender, que mi canto y todos mis sentimientos, siempre estarán en «modo tradicional», viajando en burro y amistad.
El domingo pasó con su noche, para darle respuesta al sincretismo del vallenato tradicional, con los diferentes aires musicales que conviven en el mundo del canto más vendido en la historia de la música folclórica colombiana.

En un tranquilo amanecer del lunes siguiente, me dije asombrado que el acordeonero cachaco de Pachín Escalona, me dio todas las respuestas para el presente musical vallenato. Porque con su robusta presencia, desde un óleo sin melodía paisana, un antioqueño vestido de vallenato, hoy es el símbolo del sincretismo musical que da ejemplo de convivencia en una de las salas mas emblemática del país vallenato. En donde El Cocha Molina, terminó la enseñanza ejecutando el acordeón en «Modo Patillal y Cañahuate», parrandeando con nosotros en «Modo WhatsApp» con las teclas de un acordeón digital. ¿Esta irónica develación es un mensaje divino desde el olimpo de los Dioses del vallenato? ¡Puede ser!

Entonces, el sabor del whisky en su resonancia nostálgica me hizo comprender que el vallenato es tan inmenso en su expresión, que hay espacio para su canto en «modo avión, en modo yegua y caballos «Alasanitos»…y hasta en modo Rock and Roll… a lo «Vives & compañía».

Esa tarde en la casa de la Mona del Cañahuate, vi también que la fusión cultural y musical es posible, si dejamos que las nuevas generaciones, expresen su sentir en el vuelo hermoso de la diversidad. Que los géneros musicales evolucionan como todo en la vida. Porque el arte es un instrumento creado por el hombre y para el hombre. Y enojarnos por esa realidad es condenarnos al encierro y a la soledad.

Tomando esa irónica enseñanza como una lección aprendida, la voz del Cacique Diomedes, retumbando en mi melancolía, me llevó en «Modo nostalgia» hasta el sentimiento del poeta Molina Daza. En ellos comprobé que sus versos tenían en su trayectoria, mucho de mí, y yo del sufrimiento de sus poesías. Su pasión le ganó muchas veces al ímpetu de las crecientes del río Guatapurí, y la mía también. Sus cometas volaron en sus tiempos y en los míos también. Las mías volaron en añoranzas con amigos y con esos amores de un verano sin brisa. Porque San Lorenzo me trajo tempestades, cuando quise ser manso en el desencuentro de un amor provinciano, ese que se perdió en el desamor de pasiones citadinas.

Al final, mi reflexión también cantó su verdad, cuando Fredy Molina dijo: «Excusen si necio he sido con este reflexionar».

Feliz semana.

Nota: esta es una adaptación de mi libro “La ruta de mi Nostalgia» para El País vallenato y Facebook, dando cumplimiento a publicar derechos de autor.

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