Existir sin permiso: “El acto más valiente de ser Mujer”

Durante siglos, a las mujeres se les enseñó de formas explícitas y pocas veces sutiles, que su existencia debía ser autorizada, por un padre, por un esposo, por una norma social, por una mirada ajena que validara su lugar en el mundo, convirtiendo su existencia en una concesión y no en un derecho inherente.
La misma historia lo confirma, Hubo un tiempo en que las mujeres no podían votar, ni estudiar, ni administrar sus propios bienes, porque su voz no era considerada razón, sino ruido, ya que su autonomía no era vista como libertad, sino como amenaza.
Desde las luchas de las sufragistas hasta las reflexiones de pensadoras como Simone de Beauvoir, quien en “El segundo sexo” plantea que: la mujer ha sido históricamente definida por otros, lo que la empuja a tener que validarse constantemente en lugar de simplemente existir desde su propia libertad, la reivindicación ha sido constante: la mujer no nace para ser definida por otros, sino para definirse a sí misma y ocupar su lugar en el mundo sin tener que pedir permiso para hacerlo.
Sin embargo, el problema nunca fue solo legal, aunque muchos derechos han sido conquistados, persiste una herencia cultural que sigue operando en lo cotidiano, está en la mujer que se disculpa antes de opinar, en la que siente culpa por priorizarse, en la que aún cree que necesita justificar sus decisiones, su cuerpo, su voz o su forma de vivir.
Pedir permiso para existir adopta hoy formas más silenciosas, pero igual de profundas como el miedo a incomodar, a no encajar, a romper expectativas, gracias a la presión de ser “correcta”, “adecuada”, “aceptable”, en una negociación constante entre lo que se quiere ser y lo que se espera que se sea, pero tal como lo defiende Virginia Woolf En “Una habitación propia” las mujeres necesitan espacio (literal y simbólico) para ser y crear sin tener que justificar su lugar en el mundo.
Vivimos en una presión constante por demostrar que merecemos existir, como si nuestra presencia tuviera que justificarse con logros, sacrificios o aprobación externa. Aprendimos a medir nuestro valor según lo que otros validan, y en ese intento terminamos cargando responsabilidades, expectativas y dolores que ni queremos ni necesitamos, todo para sostener la idea de que así seremos dignas de amor, de reconocimiento, de pertenencia.
La escritora Chimamanda Ngozi Adichie en el libro “Todos deberíamos ser feministas” critica cómo la sociedad enseña a las mujeres a encajar y agradar, en lugar de afirmarse con libertad, indicando que no se trata solo de justicia para las mujeres, sino de construir una sociedad más libre, donde todas las personas puedan desarrollarse plenamente.
En el caso de muchas mujeres, esta necesidad de probar que merecen existir se vuelve aún más intensa, porque desde muy temprano se nos enseña que nuestro valor está ligado a lo que damos, a cuánto cuidamos, a cuán útiles somos para los demás, por lo que aprendemos a silenciar nuestras propias necesidades para encajar en expectativas que nos exigen ser fuertes, comprensivas, disponibles y, al mismo tiempo, impecables. Así, terminamos sosteniendo cargas emocionales, afectivas y hasta físicas que no nos corresponden, creyendo que soltarlas sería fallar o dejar de ser dignas de amor.
Por eso, hablar del derecho de las mujeres a no pedir permiso para existir no es una exageración ni un discurso radical sino una necesidad vigente. Es recordar que la libertad no debería ser explicada ni defendida constantemente, que existir plenamente con voz, con decisión, con autonomía, no es un privilegio, sino un derecho fundamental.
Como lo expresa la autora Audre Lorde “Cuidarme a mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación”, una idea poderosa que rechaza la exigencia de que las mujeres deban sacrificarse para ser validadas”.
La lucha no ha sido corta ni sencilla, ha sido una construcción de generaciones que cuestionaron lo establecido, que incomodaron, que insistieron, mujeres que decidieron dejar de pedir permiso, incluso cuando el costo era alto, gracias a ellas, hoy muchas pueden alzar la voz. ¡Pero la tarea no está completa!
Sanar esta necesidad empieza por reconocer que no nació de nosotras, sino de lo que aprendimos a lo largo del tiempo y de las generaciones, del hecho de cuestionar esa voz interna que nos exige demostrar, rendir y sacrificarnos para sentirnos dignas, y poco a poco dejar de obedecerla, aprendiendo a poner límites sin culpa, aprender a decir “NO” sin sentir que estamos fallando, y a escucharnos con la misma empatía que solemos hacerlo con otros.
Las mujeres necesitamos cuestionar y dejar de obedecer los estándares y paradigmas impuestos que durante tanto tiempo han limitado nuestra forma de ser, pensar y vivir. Estos moldes, muchas veces ajenos a nuestra esencia, nos han hecho creer que debemos encajar para ser aceptadas, cuando en realidad la verdadera plenitud nace de la autenticidad.
Vivir en libertad no significa renunciar a los valores, principios ni al amor propio; por el contrario, implica fortalecerlos desde una elección consciente y no desde la imposición, es poder decidir quiénes somos sin miedo, construir nuestro propio camino con dignidad y respeto, y reconocer que nuestro valor no depende de cumplir expectativas externas, sino de la coherencia entre lo que sentimos, lo que creemos y lo que hacemos.
Así, la libertad se convierte en una forma de honrar nuestra identidad sin perder aquello que nos sostiene y nos define, porque mientras una mujer sienta que debe justificarse por ser quien es, la conversación sigue siendo necesaria.
Existir no debería ser un acto de valentía, debería ser, simplemente, un hecho.
Por: Maria Fernanda Medina Argote
Abogada
Especialista en Derecho Público
Activista Feminista

Siempre por la igualdad y q todo sea mejor para nosotras amiga sigue así luchando por cada una de nosotras por q las mujeres tanbien tenemos derecho y valemos demaciado gracias por todo lo q haces por nosotras
Excelente Mafe Una reflexión necesaria y muy bien planteada. La verdadera libertad encuentra su mayor fuerza cuando está acompañada de la dignidad, la autenticidad y el respeto por la identidad de cada mujer. Gracias por aportar una mirada que invita a pensar y a seguir construyendo una sociedad más justa.