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Opinión

Colombia no necesita más enemigos, necesita un futuro

A pocas semanas de la segunda vuelta presidencial, Colombia parece haber perdido de vista cuál debería ser el verdadero propósito de una campaña electoral. En lugar de escuchar iniciativas, soluciones y visiones de país, los ciudadanos somos testigos de un desfile constante de acusaciones, insultos, burlas y ataques personales. Los sectores más radicales han transformado el debate público en una batalla donde quien piensa distinto deja de ser un contradictor para convertirse en un adversario al que hay que derrotar.

Las redes sociales se han convertido en trincheras digitales. Desde ambos lados del espectro político vuelan las sátiras, los señalamientos y los mensajes cargados de resentimiento. Lo más inquietante es que ciertos discursos parecen alimentar la fractura nacional, como si el destino de Colombia fuera dividirse entre ganadores y derrotados. Ese camino solo conduce a una sociedad cada vez más distante de sí misma.

La política debería ser el escenario donde se construyen consensos y se encuentran soluciones comunes, no un espacio para profundizar diferencias. Sin embargo, hoy observamos aspirantes, dirigentes y simpatizantes empeñados en exponer los defectos y errores de sus opositores, como si el país estuviera presenciando una disputa familiar transmitida en horario estelar. Mientras tanto, las conversaciones sobre educación, empleo, salud, seguridad y desarrollo territorial quedan relegadas por la obsesión de obtener la acusación más viral o el ataque más contundente.

Entretanto, millones de colombianos enfrentan desafíos reales. Hay hogares preocupados por el alto costo de vida, jóvenes en busca de oportunidades, campesinos que esperan respaldo y regiones enteras reclamando inversión y atención. Ellos requieren respuestas concretas, no espectáculos mediáticos. Reclaman liderazgo, no confrontación.

Y es precisamente ahí donde nace una de las mayores decepciones ciudadanas. La agresividad verbal, la intolerancia y los conflictos hacen parte de la cotidianidad en nuestras calles, espacios comunitarios y plataformas digitales. Como si eso no bastara, quienes aspiran a gobernar el país parecen empeñados en profundizar ese clima de tensión. En vez de promover respeto, sensatez y capacidad de escucha, algunos referentes políticos han optado por la provocación constante, la estigmatización y el ataque como estrategia. Colombia necesita ejemplos de unidad y grandeza, no figuras que amplifiquen las divisiones que durante décadas han frenado su progreso.

El próximo 21 de junio los colombianos volveremos a las urnas. Esa fecha no debería estar marcada por el miedo, el resentimiento o la ira. Debería convertirse en una oportunidad para elegir con la convicción de que es posible construir una nación mejor. Más allá de las preferencias ideológicas, el voto debe nacer de la esperanza, la reflexión y el compromiso con el futuro.

Ningún aspirante representa por sí solo la totalidad del país. Tampoco existe un movimiento político dueño absoluto de la verdad. La democracia consiste precisamente en reconocer la diversidad de pensamientos y garantizar que esas diferencias convivan dentro del respeto y las reglas institucionales. Cuando el debate se convierte en odio, pierde su razón de ser y termina debilitando el tejido social.

Hoy más que nunca se necesitan serenidad, madurez y altura en la discusión pública. Se requieren líderes capaces de generar confianza y ciudadanos conscientes de que, una vez termine la contienda electoral, seguiremos compartiendo el mismo territorio, los mismos retos y las mismas esperanzas.

Porque al final, la verdadera victoria no será la de un candidato sobre otro. El auténtico triunfo será que Colombia logre dejar atrás esta lucha desgastante por el poder y recuerde que la política existe para unir esfuerzos, resolver problemas y construir un país donde todos tengan un lugar, sin importar sus diferencias.

Por: Carolina Zubiría

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