¿Cesó la horrible noche?

Hay frases que aprendimos desde niños y que, con el paso de los años, terminamos repitiendo casi de memoria. Una de ellas está en nuestro Himno Nacional: “Cesó la horrible noche, la libertad sublime…”. Durante mucho tiempo quise creer que esas palabras representaban algo más que un verso aprendido en la escuela; que realmente habíamos dejado atrás aquella época en la que el miedo dictaba horarios, cerraba comercios y obligaba a las familias a encerrarse en sus casas.
Pero hoy, como periodista y como ciudadana, no puedo evitar preguntarme: ¿acaso la horrible noche está regresando?
Lo que está ocurriendo en Santa Marta me preocupa profundamente. El paro armado anunciado por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada ha alterado la cotidianidad de una ciudad que debería estar hablando de turismo, empleo, emprendimiento y oportunidades, no de miedo. Comerciantes, empresarios y emprendedores han tenido que cerrar sus puertas o limitar sus actividades ante las amenazas y la incertidumbre. Y lo más preocupante es que el temor no parece venir únicamente de las estructuras armadas: también hay delincuencia común aprovechándose del caos para amedrentar a quienes intentan trabajar.

En medio de este escenario, el presidente Abelardo de la Espriella ha anunciado una confrontación directa contra estas estructuras delincuenciales. Entiendo la necesidad del Estado de enfrentar a quienes amenazan la seguridad de los ciudadanos. Los grupos armados no pueden convertirse en quienes determinen cómo vivimos, cuándo trabajamos, cuándo abrimos un negocio o cuándo podemos salir a la calle.
Pero hay una línea que para mí no puede cruzarse: que en nombre de recuperar la seguridad terminen muriendo inocentes. Eso, NO.
Y mientras Santa Marta intenta resistir, el miedo parece extenderse. Este martes 22 de septiembre, una tienda ubicada en el sector de Lorenzo Morales, en Valledupar, fue atacada a tiros por hombres armados. Un hecho que vuelve a encender las alarmas y que demuestra que la preocupación por la seguridad ya no puede mirarse como un problema aislado de una sola ciudad.
Volvieron las imágenes que muchos colombianos creíamos que pertenecían a un pasado que no queríamos repetir: cilindros bomba, vehículos y buses incendiados, ataques armados, amenazas y comunidades enteras paralizadas por el miedo.
Y eso es lo que más me preocupa.
Porque detrás de cada negocio que cierra hay una familia. Detrás de cada comerciante que baja la reja hay trabajadores que dependen de ese ingreso. Detrás de cada estudiante que no puede asistir a clases hay un proyecto de vida. Y detrás de cada ciudadano que decide no salir de su casa porque tiene miedo, hay una libertad que estamos perdiendo poco a poco.
No podemos acostumbrarnos.
No podemos aceptar como normal que una amenaza en redes sociales sea suficiente para paralizar una ciudad. No podemos permitir que los delincuentes tengan la capacidad de decidir quién trabaja, quién estudia y quién sale a la calle. Pero tampoco podemos responder a la violencia con una violencia descontrolada que termine cobrando la vida de quienes no tienen ninguna responsabilidad en esta guerra.
Estoy de acuerdo en que el Estado enfrente a los grupos delincuenciales. Lo que no estoy dispuesta a aceptar es que los inocentes paguen el precio.
Colombia ya ha vivido demasiadas noches de miedo. El Caribe también. Hemos visto comunidades desplazadas, familias llorando a sus muertos, negocios destruidos y ciudadanos aprendiendo a convivir con sonidos que jamás deberían formar parte de la cotidianidad.
Por eso hoy vuelvo a escuchar nuestro Himno Nacional de una manera distinta.
“Cesó la horrible noche…”
Ojalá siga siendo una afirmación y no una pregunta.
Porque si volvieron los cilindros, los buses incendiados, los ataques armados y el miedo de los comerciantes, entonces tenemos que preguntarnos seriamente qué está pasando.
La seguridad no puede ser un privilegio.
La libertad tampoco.
Y si para recuperar la tranquilidad de nuestras ciudades hay que enfrentar a quienes pretenden imponer el miedo, que se haga con toda la fuerza legítima del Estado, pero también con inteligencia, justicia y, sobre todo, protegiendo la vida de quienes nada tienen que ver con esta guerra.
Porque al final, ¿de qué sirve recuperar una ciudad si para hacerlo perdemos a su gente?
Por: Carolina Zubiría
