Madres que sostienen sueños en el Festival Vallenato


En cada tarima del Festival de la Leyenda Vallenata no solo se escucha el sonido del acordeón. También late el corazón de decenas de madres que acompañan, sostienen y creen en el talento de sus hijos. Detrás de cada participante hay una historia marcada por el sacrificio, la fe y un amor incondicional que se hace evidente en cada presentación.
En la categoría de acordeonero infantil, la escena se repite; miradas al cielo, manos entrelazadas en oración y lágrimas que brotan mientras los niños, con el acordeón al pecho, interpretan las notas que defienden su lugar en la competencia.
Desde Barrancabermeja, Yuli Carreño acompaña a su hijo de 10 años, quien ya suma cinco participaciones en el festival. Su testimonio refleja el esfuerzo colectivo de una familia que ha apostado por la música:
“Es un corazón de madre que late al ritmo del acordeón. A mí me gusta, pero por mis responsabilidades no pude. Entonces lo apoyo a él; la emoción, asegura, es difícil de contener”, dijo.

Desde Buenavista, Córdoba, Luzmadi Vega Suárez vive una experiencia similar junto a su hijo Gustavo Pérez Vega. “He llorado, he gritado… ha sido un camino de mucho esfuerzo; verlo en tarima es algo indescriptible. Uno siente que se le baja el mundo”.

Otra historia que evidencia el nivel de compromiso es la de Ana Pérez, madre de Maximiliano Gómez. Su familia tomó una decisión radical para apoyar el proceso artístico del menor. “Teníamos la posibilidad de irnos a vivir a Europa, pero decidimos quedarnos en Valledupar para que él se formara en el acordeón, en manos de la dinastía Romero”, afirma.
“Mi sueño es verlo grande. Es un niño que en cada presentación me hace latir el corazón”.
Más allá de los aplausos y los resultados, el Festival de la Leyenda Vallenata también es escenario de estas historias que no siempre se ven, pero que son fundamentales para la preservación del folclor. Son madres que, con esfuerzo diario, mantienen viva una tradición que se transmite de generación en generación, convirtiendo cada nota en un acto de amor.

