sábado, abril 13, 2024
Variedades

Putin quiere destruir Ucrania para que no se expanda su ejemplo

La estupidez humana es infinita. Hubo, hay y habrá guerras. Obviamente, no son de generación espontánea. Siempre hay un poder dispuesto a ir a la guerra. Y alguien que lo lidera, alguien que da la orden final del ataque. El resto es muerte y destrucción. Miles de muertos. Civiles, que jamás tuvieron que ver con ninguna decisión política. Chicos, mujeres, ancianos, son los primeros en caer. Por cada soldado caído en acción hay al menos diez civiles muertos. El líder que lanzó la guerra y sus acólitos continúan sentados en sus cómodos sillones mientras sus soldados con frío, hambre y locura matan sin saber muy bien lo que están haciendo. Las guerras son el ejemplo más claro de la maldad.

Lo de Vladimir Putin era lo esperado. Está en su esencia. Es el escorpión del famoso cuento en que envenena a la rana que lo está salvando. No iba a hacer otra cosa. Sus complejos napoleónicos lo llevan a creer que su liderazgo se vería menospreciado si no vuelve a crear un imperio como el que habían levantado los zares –y sus Rasputines- hace cuatro siglos. Está convencido de que tiene que ser una especie de Catalina la Grande del XXI. Un Stalin que con mano de hierro vuelva a ensamblar una nueva Unión Soviética.

El lunes, Putin dio un discurso extraordinario en el que expuso su “filosofía” para justificar la invasión a Ucrania. Dijo que el país vecino “nunca tuvo una tradición de Estado genuino” y que, realmente, fue “creado” por Rusia. Es decir, para él, lo que está haciendo es simplemente poniendo orden en su propia casa. Está tomando algo que le pertenece, que le robaron tras el colapso de la URSS. “Les dimos a estas repúblicas el derecho a salir de la Unión sin términos ni condiciones. Eso fue una locura”, dijo. De esa manera, al ordenar el ataque sólo estaba tratando de recuperar algo que le habían quitado.

En su visión personal de la historia, dijo que Lenin había sido el “autor y arquitecto” de Ucrania y que allí sólo querían borrar su pasado comunista. “¿Entonces quieren la descomunización? Eso nos conviene. Pero no nos detengamos a mitad de camino. Estamos preparados para mostrarte cómo es la verdadera descomunización”. A menos que haya encontrado algo nuevo en su particular relato, la salida del estado comunista que reivindica es una repartija de las joyas de la corona entre unos cuantos vivillos moscovitas, muchos de ellos fervientes comunistas hasta unas horas antes. Estos oligarcas se pelearon entre ellos por los mejores trofeos hasta que algunos decidieron encontrar a alguien capaz de poner un cierto orden para que ellos puedan continuar con el desmantelamiento de las propiedades del Estado.

Encontraron al segundo del alcalde de San Petersburgo, un ex agente de la KGB, un hombre totalmente confiable para ellos, lo suficientemente inteligente como para “comer y dejar comer” y un socio extraordinario para hacerse ricos, muy ricos, a costa del resto de los rusos. El plan les salió perfecto. Su único error fue no dimensionar exactamente la tremenda ambición de Putin. Era mucho más grande de lo que creían. Estaban convencidos de que lo podían dominar desde las sombras y se encontraron ante un personaje de tungsteno al que no le entra ni un alfiler. Les hizo saber que ellos son grandes, pero que él es mucho más grande a pesar de su escaso metro sesenta.

Consolidó una nueva Rusia, se sacó de encima a cualquier rival posible, armó un círculo de “amigos” para su protección que van desde los servicios de inteligencia derivados de la KGB hasta poderosas fuerzas paramilitares, eliminó cualquier disidencia encarcelando o envenenando opositores, terminó con todos los medios de comunicación críticos y se consolidó como el nuevo zar del Kremlin. Y cuando se sintió lo suficientemente fuerte, comenzó a mirar hacia el otro lado de sus fronteras. Está convencido de que todas las ex repúblicas soviéticas independizadas en 1992 conforman el “patio trasero” ruso. Nadie se puede meter allí y ninguno puede dejar de dar vueltas en la esfera de Moscú. Al que quiere crear un país independiente con una democracia republicana, se lo castiga, se lo invade.

Desde que llegó al poder en el 2000, Putin lanzó guerras para tomar el poder en Georgia, donde se quedó con Abjasia, también le robó Osetia del Sur a Georgia y el territorio disputado moldavo de Transnistria, hasta que llegó a su presa tan deseada: Ucrania. En 2014 invadió y se anexionó la península de Crimea y armó los dos enclaves desde los que ahora lanzó la guerra, Luhansk y Donetsk.

Comenzó a concentrar tropas alrededor de Ucrania hace un año. La excusa es que allí la OTAN, la alianza militar occidental, estaba levantando baterías de misiles apuntando a Moscú. No era cierto. Tampoco era cierto que el gobierno de Kiev iba a recibir la inmediata aprobación para ser parte de la Unión Europea. Lo que más molestaba a Putin era que Ucrania quería ser independiente bajo una organización democrática de estilo europeo. Eso es muy peligroso para sus ambiciones. Podía demostrar que en el mundo eslavo, ex soviético, existía la posibilidad de una república donde la mayoría del pueblo podía decidir el destino de la patria dentro de un equilibrio de poderes y con una prensa libre. Un modelo devastador para su concepción dictatorial que podría inspirar a muchos dentro de Rusia.

Después de mantener en vilo al mundo durante meses y de negar fervientemente que no iba a invadir Ucrania, lo hizo. Tiene una fuerza extraordinaria de 190.000 soldados, miles de tanques y misiles listos para el asalto desde hace un mes. Estados Unidos y Europa decidieron no intervenir militarmente y sólo amenazaron con unas sanciones que no harán mella a la estructura mafiosa que levantó a su alrededor.

Barajó tres opciones. La primera era de una guerra limitada en los territorios separatistas. Si se quedaba con el control de los enclaves y sus aledañas, podría declararse ganador sin mayores riesgos. Podría haber vendido a su público interno que había logrado “doblarle el brazo” a la OTAN y que ésta no fue capaz de intervenir y enfrentarlo. Pero también hubiera sido una victoria acotada, débil.

La otra opción que tenía era la de avanzar hasta tomar el control de las provincias del Este de Ucrania, las que tienen la mayor población pro-rusa. Esta incursión era un paso intermedio bastante arriesgado para Putin porque sólo hubiera conseguido ganancias estratégicas limitadas, recibiría sanciones económicas mucho más duras y no lograría su objetivo final de colocar un gobierno títere en Kiev.

Decidió ir por todo. Eran las 5:50 de Moscú cuando anunció su “operación militar especial”. En las principales ciudades ucranianas, incluida la capital, ya habían comenzado a caer los misiles. Todavía no se produjo la invasión masiva de las tropas terrestres. Es cuestión de horas para que comience. Está preparando el camino con los bombardeos. Tiene suficiente cantidad de soldados estacionadas en Bielorrusia que pueden llegar en dos horas a Kiev para cercarla y conquistarla muy rápidamente. Y cuenta con un despliegue suficiente como para realizar una operación de pinzas atacando por el norte, el este y el sur del país en forma simultánea. Sin una intervención decisiva de fuerzas internacionales como las de la OTAN o las de Estados Unidos para defender las posiciones del ejército ucraniano -por ahora, totalmente descartada-, el país podría caer en manos rusas en cuestión de días. Con Infobae

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