viernes, febrero 23, 2024
Especial

Llora Argentina: Murió Maradona

El diario Clarín de Buenos Aires confirmó la muerte este miércoles, a los 60 años, del astro del futbol argentino Diego Armando Maradona, como consecuencia de un infarto.

«Y un día ocurrió. Un día lo inevitable sucedió. Es un cachetazo emocional y nacional. Un golpe que retumba en todas las latitudes. Un impacto mundial. Una noticia que marca una bisagra en la historia. La sentencia que varias veces se escribió pero había sido gambeteada por el destino ahora es parte de la triste realidad: murió Diego Armando Maradona», reseña el periódico.

Según el parte médico, Maradona sufrió una descompensación estando en su residencia, ubicada en el sector de El Tigre, donde se encontraba recuperándose de la operación en su cabeza y debió ser trasladado de urgencia a un centro médico.

El famoso 10 había sido operado en su cabeza por un hematoma subdural, pero había sido dado de alta al recuperarse con éxito de la intervención, según comunicaron los médicos y familiares. Antes, había tenido cuadros depresivos que preocuparon a su círculo íntimo.

La lesión había sido detectada por los estudios que le practicaron en el Sanatorio Ipensa de La Plata y posteriormente fue trasladado en ambulancia a la Clínica Olivos, donde Leopoldo Luque, su médico personal -y además neurocirujano- estuvo al frente de la intervención.

Pese a la rápida atención que recibió, hacia el medio día sufrió un paro cardiorespiratorio. Los médicos nada pudieron hacer para salvarle la vida.

Diego Armando Maradona Franco, nació en Lanús Oeste, en Buenos Aires, el 30 de octubre de 1960, fue futbolista y entrenador.

Creció en una zona pobre del partido de Lomas de Zamora, conocida como Villa Fiorito, donde descubrió su amor por el fútbol en un potrero llamado Las Siete Canchitas.

Jugó en la Primera División de Argentina en el club Argentinos Juniors, cuando tenía tan solo 16 años. Rápidamente, tras el Mundial de 1978 ganado por la ‘albiceleste’, Diego empezó a ser tenido en cuenta para jugar en el seleccionado nacional: el 2 de junio de 1979 marcó su primer gol ante Escocia, para dar una victoria final por 3-1.

Ha sido catalogado como el «mejor jugador en la historia de la Copa Mundial, en la cual fue el «mejor jugador» en 1986, fue elegido por la FIFA como el «mejor futbolista popular del siglo XX y tercero oficialmente.

El diario Clarín hace las siguientes precisiones:

Villa Fiorito fue el punto de partida. Y desde allí, desde ese rincón postergado de la zona sur del Conurbano bonaerense se explican muchos de los condimentos que tuvo el combo con el que convivió Maradona. Una vida televisada desde aquel primer mensaje a cámara en un potrero en el que un nene decía soñar con jugar en la Selección. Un salto al vacío sin paracaídas. Una montaña rusa constante con subidas empinadas y caídas abruptas.

Nadie le dio a Diego las reglas del juego. Nadie le dio a su entorno (un concepto tan naturalizado como abstracto y cambiante a la lo largo de su vida) el manual de instrucciones. Nadie tuvo el joystick para poder manejar los destinos de un hombre que con los mismos pies que pisaba el barro alcanzó a tocar el cielo.

Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza.

A diferencia del común de los mortales, Diego nunca pudo ocultar ninguno de los espejos.

Es el Cebollita que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva. El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco de La Noche del Diez. El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia. El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que venda el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida. Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que le saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Porque si hubiera que elegir un solo partido sería ese. Porque no existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

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