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La energía solar alivia el impacto de la sequía en las aldeas amazónicas más aisladas

El sol inclemente en el que se cuece Santa Helena do Inglês, una aldea ubicada en medio de la Amazonía brasileña, tiene por lo menos una ventaja: la pequeña planta fotovoltaica de la comunidad funciona a pleno rendimiento y alimenta neveras y ventiladores en medio de una sequía histórica.

“Imagina estar trabajando en la plantación de mandioca, volver a casa y no poder conectar el ventilador”, apunta el agricultor Keith Oliveira, de 53 años, con la frente brillante de sudor por los 37 °C al sol.

El avance de la energía solar en Brasil ha facilitado el suministro eléctrico en las comunidades aisladas del mayor bosque tropical del planeta, aunque la instalación de paneles todavía es una rareza en la región.

Inaugurada hace tres años, la central de Santa Helena tiene una potencia de 45 KW, suficiente para cubrir las necesidades básicas de las 30 familias que viven en esta aldea de casas de madera a la orilla del río Negro, a hora y media en lancha desde Manaos, la capital regional.

La escuela, un centro comunitario y la iglesia dedicada San Francisco de Asís también son abastecidos por la planta, instalada con la ayuda de la ONG Fundação Amazônia Sustentável (FAS).

Aún más importante, hace funcionar la bomba que extrae el agua del pozo de la comunidad y la sube hasta los depósitos desde donde se distribuye a las casas.

Las baterías de litio almacenan la energía para ser utilizada durante la noche o en días de lluvia; la aldea conecta el generador solo si el sol no aparece durante varios días.

Una alternativa al generador y a la red eléctrica

Aunque el 99,4 % de los hogares brasileños recibe electricidad por la red general, hay comunidades aisladas que no cuentan con poste de luz o sufren de frecuentes interrupciones en el suministro.

Hasta hace poco, Santa Helena dependía del generador o de una endeble línea eléctrica que atraviesa el espeso bosque circundante.

El primero necesita de combustible, que implica un costo adicional y que además tiene que ser traído por lancha, algo casi imposible en periodos de sequía como el que atraviesa la región por la disminución del caudal de los ríos.

En cuanto a la línea eléctrica, cada cierto tiempo un árbol derriba un poste o un rayo se encarga de hacerlo y la aldea se queda a oscuras.

“Alguna vez nos quedamos hasta seis días sin luz ni agua porque sin electricidad no funciona la bomba del pozo”, dice Demétrio Vidal, el joven vecino que se encarga del funcionamiento de la planta.

En esas ocasiones, los habitantes de Santa Helena tenían que bajar al río Negro a llenar las garrafas con agua turbia, a la que añadían después una buena dosis de cloro para desinfectarla.

Pese a las ventajas de los paneles, el estado de Amazonas representa apenas el 0,6 % de la capacidad instalada total de generación distribuida en Brasil, según datos de la Asociación Brasileña de Energía Solar.

La falta de empresas fotovoltaicas en la región complica la expansión: solo un 6 % de las compañías del sector tiene presencia en el norte del país, con la mayoría concentradas en el sur, de acuerdo a datos citados por el Instituto de Energía y Medio Ambiente.

Desafíos aparte, Valcléia Solidade, una de las responsables de la ONG FAS, apoya que la instalación de plantas solares en la región se convierta en una “política pública” del gobierno regional.

“Solo se necesita instalar; luego es la propia comunidad quien se encarga del mantenimiento”, explica Solidade.

Con la vista ya puesta en el futuro reemplazo de las costosas baterías de litio, Santa Helena lleva ahorrados 14.000 reales (unos 2.700 dólares) gracias a una tasa mensual pagada por los habitantes. Con RT

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